viernes, 21 de enero de 2011

El prisionero. (Cuento medieval)

Cada tarde subo a la torre más alta del castillo donde él está encerrado desde hace ya cinco años. La escalera es empinada y parece que está tapizada de recuerdos de aquel tiempo cada vez más lejano. Cuando llego a la sala redonda donde él me espera mi respiración es fatigosa; aquella juventud que parecía eterna empieza a abandonarme,  él, sin embargo, sigue igual que aquel día en que nos separamos, solo en sus ojos se adivina el paso del tiempo, la soledad, la esperanza vencida.

Siempre fuimos buenos compañeros, el mundo parecía creado para nosotros, nuestro pequeño reino era fértil, frondoso; los frutos y los animales estaban al alcance de la mano, y nosotros no dudábamos en cogerlos. Él me acompañaba en mis partidas de caza aunque no disfrutaba como yo la emoción de cabalgar tras la presa, la excitante proximidad del peligro al enfrentarme cara a cara a una fiera. Mientras yo me entregaba a aquellas fiestas de sangre y carne palpitante él se recreaba en la belleza que nos rodeaba, en el agua que corría por todas partes, en los prados cubiertos de hierba fresca. Y los dos reíamos sabiéndonos dueños de todo aquello.

Él prefería la poesía, los libros; en nuestro castillo encontraban abrigo todos los poetas, todos los juglares que cantaban a mujeres imposibles, reinas crueles y distantes que se apoderaban del alma de los hombres. Yo sabía que él esperaba a una mujer así, soñadora y altiva, el ser más bello sobre la tierra. Yo me conformaba con el amor efímero de las muchachas hermosas que poblaban nuestro reino.

Tuvimos algunas aventuras compartidas, fueron las más dulces, las más apasionadas, amar a la misma mujer nos unía más, nos hacía más fuertes aún. Pero pronto uno de los dos se cansaba y el otro no tardaba en seguirlo, había tantas cosas fuera, tantas promesas, tanta vida por delante.

Pero un día llegó ella. Fue una mañana de invierno, fría como un cuchillo pero luminosa y alegre como aquella mujer que nos llegaba como un regalo. Era alta, el pelo oscuro y abundante le cubría la espalda, su piel era clara pero se notaba acostumbrada al aire libre, la boca roja, amplia, reidora, las manos fuertes, los ojos del color de la miel eran dulces y acariciantes, pero a veces se asomaba a ellos un fuego que calcinaba todo lo que se ponía a su alcance.

Y nosotros estábamos allí, frente a ella, jóvenes, alegres, soñadores, creyéndonos los amos del mundo. Pero inermes ante aquel fuego, ante aquel huracán de belleza, ante aquella mujer que nos miraba sonriendo desde la altura de su caballo de azabache.

Iba de paso, había un rey que la haría reina de un país grande y lejano, le esperaba la riqueza y el poder, alguien le iba a entregar el mundo encerrado en un anillo de oro. Pero no tenía prisa y, como una niña que encuentra un juguete inesperado, se adueñó de nuestro pequeño reino, y de nosotros.
Nos rendimos sin luchar, la reconocimos como dueño y señor de nuestras vidas.

Él le escribía poesías en las que ella era el sol, el agua, un ángel o una rosa. Ella las escuchaba sonriendo, ensayando su papel de reina distante aunque a veces el fuego de sus ojos se velaba tras una humedad cálida y llena de ternura. Leían juntos aquellos libros donde se contaban aventuras de caballeros y princesas imposibles. Ellos soñaban y reían juntos, eran cómplices y compañeros de juegos, se emocionaban mirando a las estrellas o jugaban al escondite en aquel castillo donde nunca se oyeron tantas risas.

Yo la llevaba de caza o a cabalgar a través de aquellas tierras heladas, nunca más acogedoras que entonces. Ella galopaba junto a mi, su orgullo y su fuerza no le permitían quedarse atrás, su cuerpo tan bello, tan apetecible, escondía una fuerza que ninguna mujer tuvo jamás. Cuando después de una carrera a través de los bosques yo me tendía exhausto a la orilla de un río, ella se acostaba junto a mi, tranquila y satisfecha, me miraba con sus ojos burlones y me ofrecía esa boca jugosa por la que yo habría sido capaz de matar.

Creo que los tres fuimos felices durante aquel invierno, al menos nosotros dos lo éramos. Por la noche, cuando ella se quedaba dormida en el enorme lecho que compartíamos, él y yo nos mirábamos y, sin palabras, sabíamos que estábamos de acuerdo, que era ella la mujer que siempre habíamos deseado, la que nos mantendría siempre unidos. Velábamos juntos su sueño mirando incrédulos aquella carne blanca y acogedora, aquella boca entreabierta, aquel milagro hecho mujer para nosotros. Si, él y yo fuimos felices aquel invierno frío, y en algún momento llegamos a pensar que ella también lo era, que le bastaba ser nuestra reina, la soberana de aquel pequeño mundo.

Pero la primavera le recordó todo lo que esperaba al final del camino, ella no había nacido para vivir en castillos de juguete, por grandes que fuesen, y nuestro amor pesaba tan poco en la balanza frente al poder y la riqueza que una mañana retomó el camino como si solo hubiera pasado una noche con nosotros.

El último beso, ya con el horizonte en la mirada, puso entre ella y nosotros toda la distancia en un instante. Se marchó como había llegado, alta, fuerte, sonriente, blanca y morena en su caballo de azabache.

Y nosotros allí, en medio del camino, viendo alejarse a aquella mujer que ni una sola vez volvió la cabeza.

Ya nada fue igual, él no volvió a salir de caza conmigo, ni entendía que yo lo hiciera, para mi también era doloroso, pero aún me sentía joven y vigoroso, no podía dejar que ella se llevase mi vida, el mundo estaba lleno de muchachas hermosas, el bosque lleno de ciervos y jabalíes.

Él me miraba con desprecio, recorría una y otra vez el castillo como buscando el rastro de su olor, el sonido de sus pasos, prohibió la entrada a sus amigos poetas, apenas comía ni dormía.

Una noche apiló en el patio todos los libros que había leído con ella, todas las poesías que le había escrito, todos los sueños que había concebido en sus brazos y encendió una hoguera inmensa. La noche se volvió blanca y ardiente, como ella. Creo que él pensó que aquella luz llegaría a esos ojos de miel y fuego. Nunca supimos si ella volvió a pensar en nosotros.

Al día siguiente me dijo que se iba a encerrar en la torre más alta del castillo, que solo volvería a la vida cuando la viese llegar en aquel caballo negro. Me pidió que cerrase la puerta desde fuera y que solo yo fuera su guardián. Su abandono me dolió más que el de ella, él era mi amigo, mi compañero desde que nací, el sirviente más fiel y el amo más dulce.

Durante cinco años he subido cada tarde a llevarle alimento y a intentar hacerle sonreír con mis historias. Aún no sé cómo pasa los días en aquella habitación casi vacía, cada vez que abro la puerta lo encuentro en el banco de piedra junto a la ventana, mirando al horizonte y sonriendo.

En este tiempo ha habido algunas mujeres en mi vida, dos veces subí entusiasmado a pedirle que abandonase su encierro para compartir conmigo el amor que creía haber encontrado de nuevo. Él siempre se negó a seguirme, sin conocerlas sabía que esas mujeres no podían ser como ella.

Ahora subo a decirle que mañana me caso con alguien a quien ni siquiera conozco, los años pasan y nuestro pequeño reino necesita un heredero.

Ya imagino su cara de victoria, su sonrisa burlona cuando yo también me declare vencido. Yo bajaré a seguir llevando el peso de mi vida. Sin sueños, sin alegría, sin canciones, sin aquellos ojos de fuego y miel, sin aquella boca que encendía mi sed...y sin mi corazón que seguirá para siempre encerrado en la torre más alta del castillo.

Esperándola, siempre esperándola.

15 comentarios:

  1. Magnífico relato Lola ! Para cuando un libro ?

    un biquiño

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  2. Sufrir el desamor es doloroso, pero vivir de una fantasía le aliena de tal manera que como tú relatas no te permite ver que hay otra realidad más tangible y cercana a los sentimientos. Éste es un relato, obvio, pero cuántos casos habrá similares en la realidad. ¿Qué neurona falla en el cerebro de un@ que no le permite ver más allá de lo que la vista abarca?

    Un relato triste, con un final desdichado condenado.

    Me ha gustado, Lola. Un beso y feliz finde.

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  3. Lola la historia es bellísima, me ha cautivado. Cuántas veces me harás cambiar de favorita? Estoy deseando leer la próxima. Un beso grande.

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  4. Hola. He pasado por aquí por casualidad, pero volveré porque tu historia me ha gustado mucho.

    Saludos

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  5. Lola nos has atrapado con la historia. De nuevo, un gran tanto a tu favor, que como escritora tienes. Espero con interés seguir leyéndote, me gusta.
    Un beso.

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  6. Gran redacción y gran historia. Pasé por este blog una tarde sin nada mejor que hacer. Me ha encantado, de parte de una joven aprendiz de escritora.

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  7. Hola Lola.... tengo 14 años y soy Venezolana... de verdad me fascinó tu historia, tu uso de los términos y en general toda la narración... hace algunos días necesitaba redactar una historia y por casualidad me pase por aquí en busca de inspiración... y me enamoré de tu historia y decidí utilizarla para una tarea(como si fuera mía)... lo lamento estuvo muy mal y le pido disculpas...me cacharon, por decirlo así... y creí que era mi deber disculparme por lo ocurrido... enamorada de su historia me quedo, y reitero mis disculpas... muchas gracias por tan excelente historia...

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  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  9. me encantado con la historia un gran tanto a tu favor, que como escritora tienes Espero con interés seguir leyéndote historias como estas creo que tiene el talento para este tipo de cositas me encanto espero que siga creando unas historias mas fantásticas ya que nos traslada a nuestra imaginación

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  10. me encantado con la historia un gran tanto a tu favor, que como escritora tienes Espero con interés seguir leyéndote historias como estas creo que tiene el talento para este tipo de cositas me encanto espero que siga creando unas historias mas fantásticas ya que nos traslada a nuestra imaginación

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  11. Respuestas
    1. cierto muy linda la historia

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  12. Soy de poco leer, pero debo admitir que esta pequeña me pareció de lo mejor, no solo por la parte narrativa sino también por la parte de redacción, me encanto mucho, espero sigas escribiendo.
    Saludos.
    Luis Marquez

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