martes, 11 de enero de 2011

Todo sigue igual

Lo primero que dijo Juan después de abrazar a su familia fue: “No ha cambiado nada, todo sigue igual”… !Cuántas veces había repetido estas palabras! ¡Cuántas veces había imaginado este momento!

Pero enseguida empezó a notar algunos cambios: Ana ya no era la niña inocente de dos años atrás, ahora una ligera sombra manchaba sus párpados y los labios tenían un brillo ciertamente artificial; Pedro, en cambio, se había oscurecido y en su rostro aparecía la sombra de una barba aún sin desarrollar pero ya inexorable.

Juan miró a su madre. Todavía era la misma mujer bella y fuerte que recordaba. Su pelo seguía siendo negro y largo, su boca grande reía como siempre y sus manos lo acariciaban con la misma ternura que había echado de menos durante tanto tiempo…Pero algo había cambiado en sus ojos, su mirada ya no era alegre y despreocupada, ahora tenía una sombra de miedo que él no había visto nunca, una sombra ligera pero oscura que lo cambiaba todo.

Su padre llegó como siempre a las dos y media. Los dos se abrazaron con el afecto y la timidez que siempre hubo entre ellos, pero Juan descubrió un nuevo malestar, una nueva barrera hecha quizás de vergüenza, quizás de un involuntario rechazo.

A estas transformaciones se añadieron otras, más sutiles pero no menos penosas; las costumbres eran las mismas, pero Juan las encontraba falsas, teatrales, como si su familia representase unos papeles establecidos con la intención de mantenerlo en esa casa, en aquel mundo que había sido el escenario de todos sus pensamientos y de sus sueños, en aquellas habitaciones que había recorrido cada día de aquellos dos años de inmovilidad, de casi muerte.

Pero ahora el pan ya no sabía igual (su madre le dijo que la panadería había cerrado hacía cinco meses), Pedro escuchaba una música estridente que llenaba el aire y lo volvía extraño y duro, algunos muebles habían sido cambiados de sitio y él ya no podía moverse entre ellos con los ojos cerrados, como hacía para sentirse mejor cuando se desesperaba en su pequeña habitación blanca y vacía como una caja que él había llenado de las miradas, de los sabores, de los olores de las voces; de todo lo que lo había mantenido vivo y sano.

Estaba perdido, triste, cansado; sentía que estaba en un sitio que ya no era el suyo, que su familia le resultaba desconocida, pero sobre todo que durante aquellos dos largos, eternos, terribles y dulces años, había vivido en una mentira, una mentira que ahora era la única verdad, el único lugar donde quería vivir.

Cuando se echó en la cama, ya sabía que el olor de las sábanas no sería el que él recordaba, esperaba ya aquel olor agrio y húmedo y sabía sobre todo que quería volver a su verdadero mundo.

Se levantó de madrugada, escribió algunas palabras para su madre y salió.

Como de costumbre, miró a la derecha para cruzar la calzada pero no vio un coche que llegaba por la izquierda. Cuando cayó sobre el pavimento ya estaba muerto.

Solamente un mes antes habían cambiado el sentido de la marcha.

6 comentarios:

  1. ¡ay,q ué escalofríos me ha dado mientras leía el relato!quizá es lo que pretendías, y lo has conseguido.
    Y el final, más aún.
    ¡ay, qué pena!

    ResponderEliminar
  2. Es cierto, cuando lees la última frase el cuerpo se llena de escalofríos, WOWWWWW
    Como enganchan tus historias!!!!!
    Besitos

    ResponderEliminar
  3. Ays, Lolah, me he quedado paralizada cuando he leído el final, el final que una menos podría esperarse. ¿Por qué le has dado la muerte?

    Un beso.

    ResponderEliminar
  4. Pero Yolanda...¿qué otra cosa podía hacer? No lo iba a devolver a esa habitación blanca, tenía que ser victima de otro pequeño cambio.
    Muchísimas gracias a todas por vuestros comentarios, no sabéis la ilusión que me hacen.

    ResponderEliminar
  5. Lola, Lola, que nos vapuleas con tus historias, que nos estremeces, que... que lo haces muy bien. Un beso.

    ResponderEliminar
  6. Wow que bien que haya muerto Juan :) se lo merecia

    ResponderEliminar